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Plick y Plock

Carlos miraba a su mujer con esa mirada que va al corazón, que haceestremecer de
amor, que hace daño.
Y ella, fascinada por aquella mirada ardiente, murmuraba cerrando losojos:
—¡Gracias!... ¡gracias!... ¡Carlos mío!
Después, uniendo sus manos, se deslizó dulcemente a los pies de Carlos,y apoyó la
cabeza sobre sus rodillas; su pálido semblante estaba comovelado por sus largos
cabellos negros; solamente a través de ellosbrillaban sus ojos, lo mismo que una
estrella en medio de un cielosombrío.
—Y todo esto es mío—pensaba Carlos—, mío sólo en el mundo, y parasiempre;
porque envejeceremos juntos; las arrugas surcarán esa carafresca y aterciopelada; esos
anillos de ébano se convertirán en buclesargentinos—decía él pasando su mano por la
sedosa cabellera de Anita—,y vieja, abuela ya, se extinguirá en una serena tarde de
otoño, en mediode sus nietos, y sus últimas palabras serán: «Voy a unirme
contigo,Carlos mío». ¡Oh! sí, sí, porque yo habré muerto antes que ella... Pero,de aquí
allá, ¡qué porvenir! ¡qué hermosos días! Jóvenes y fuertes,ricos, dichosos, con una
conciencia pura y el recuerdo de algunas buenasacciones, habremos vuelto a ver
nuestra bella Andalucía, Granada y suAlhambra, su mosaico de oro, de arquitectura
aérea, sus pórticos,nuestra hermosa quinta con sus bosques de naranjos frescos y
perfumados,y sus pilones de mármol blanco en los que duerme una agua límpida.
—Y mi padre... y la casa donde he nacido... y la celosía verde que yolevantaba tan a
menudo cuando tú pasabas, y la vieja iglesia de SanJuan, donde por primera vez,
mientras yo oraba, murmuraste a mi oído:«¡Anita mía, te amo!»... ¡Y ya ves si la
Virgen me protege! en elmomento en que tú me decías: «¡Te amo!», yo acababa de
pedirte tu amor,prometiendo una novena a Nuestra Señora—repuso Anita, porque su
esposohabía acabado por pensar en voz alta—. Escucha, Carlos mío—suspiró—
,júrame, ángel mío, que dentro de veinte años diremos otra novena a laVirgen para
darle gracias por haber bendecido nuestra unión.
—Te lo juro, ¡alma de mi vida!, porque dentro de veinte años aúnseremos jóvenes
de amor y de dicha.
—¡Oh! sí, nuestro porvenir es tan risueño, tan puro, que...
No pudo acabar, porque una bala enramada, que entró silbando por lapopa, le
destrozó la cabeza, partió a Carlos en dos, e hizo añicos loscajones de flores y la jaula.
¡Qué dicha para los periquitos y las cotorras, que huyeron por lasventanas batiendo
alegremente las alas!
VIII
 
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