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Plick y Plock

Ataron a Lescoët a una escala de cuerdas, los brazos en alto y el cuerpodesnudo
hasta la cintura.
—Estamos dispuestos—dijo Zeli. Kernok hizo un signo, y la cuerda silbóy resonó
sobre la espalda de Lescoët. Hasta el sexto golpe se comportómuy decorosamente; no
se oía más que una especie de gemido sordo queacompañaba cada zurriagazo. Pero al
séptimo el valor le abandonó, y enefecto, debía sufrir mucho, porque cada golpe
dejaba en su cuerpo unahuella roja que se convertía bien pronto en azul y morada;
después quedólevantada la piel y apareció la carne viva y sangrando. Parecía que
latortura debía ser intolerable, porque un estado de desmadejamientogeneral
reemplazó a la irritación convulsiva que hasta entonces habíasostenido a Lescoët.
—Se encuentra mal—dijo Zeli con el gratel levantado.
Entonces, el señor Durand, el-calafate de a bordo, se aproximó, tomó elpulso al
paciente; después, ensayando una mueca, se encogió de hombros ehizo un signo
significativo a maestro Zeli.
El gratel funcionó de nuevo, pero su sonido ya no era seco y restallantecomo
cuando caía sobre una piel lisa y pulida, sino sordo y mate como elruido de una
cuerda que golpease una boya.
Es que la espalda de Lescoët estaba en carne viva; la piel caía enjirones hasta el
punto de que el contramaestre se ponía la mano ante losojos para que no le salpicase
la sangre a cada golpe.
—Y veinte—dijo con un aire de satisfacción mezclado de pesar, como unajoven
que da a su amante el último de los besos prometidos.
O, si lo preferís, como un banquero que cuenta su última pila deescudos.
El propio Zeli se llevó a Lescoët, que no daba señales de vida.
—Ahora—dijo Kernok—, un buen emplasto de pólvora de cañón y devinagre sobre
esos rasguños, y mañana no tendrá nada.
Después, dirigiéndose al timonel:
—Corre una buena bordada al SO.; si se ve una vela, avísame.
Y descendió a su cámara para reunirse con Melia.
VII
C A R L O S Y A N I T A
 
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