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Plick y Plock

Pempoul, la costa de Treguier, la islaSanta-Ana-Ros-Istam y la torre Blanca, se
borraban poco a poco, huían alos ojos de los marineros, que, agrupados en los
obenques y en lasgavias, con la mirada fija sobre la tierra, parecían saludar a
Franciaen una última y larga despedida.
—¡La barra a babor! ¡la barra a babor!—gritó de pronto Zeli conespanto.
Inmediatamente la rueda del timón dio una vuelta rápida y El Gavilánse inclinó
bruscamente.
—¿Qué hay, pues?—preguntó Kernok después que fue ejecutada lamaniobra.
—Es Lescoët que llega, capitán; el bote que le conduce ha estado apunto de dejarse
abordar, y lo hubiéramos aplastado como una cáscara denuez, si no hubiese hecho
virar sobre estribor—respondió Zeli.
El rezagado, que había saltado ágilmente a bordo, se acercó con aireconfuso a
Kernok.
—¿Por qué has tardado tanto?
—Mi anciana madre acaba de morir; he querido estar hasta el últimomomento a su
lado para cerrarle los ojos.
—¡Ah!—dijo Kernok.
Después, volviéndose hacia su segundo:
—Arregla las cuentas a ese buen hijo.
Y el segundo dijo dos palabras al oído de Zeli que se llevó a Lescoët aun rincón.
—Hijo mío—le dijo agitando una cuerda larga y estrecha—, tenemos unhueso que
roer juntos.
—Ya comprendo—dijo Lescoët palideciendo—; ¿y cuántos?
—Una miseria.
—Bien, pero quiero saberlo.
—Ya lo verás; no tengo interés en estafarte ninguno, y además tú podráscontarlos.
—Ya me vengaré.
—Antes siempre se dice eso, y después no se piensa en ello más que enla brisa de la
víspera. Vamos, muchacho, despachemos, porque veo que elcapitán se impacienta y
sería capaz de hacerme probar la misma salsa.
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