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Plick y Plock

—Capitán, todo está dispuesto—repitió Zeli por tercera vez, con unaentonación aún
más elevada.
—¿Y quién ha sido el necio que ha dado esa orden?
—Usted, capitán.
—¡Yo!
—Usted, capitán, al volver a bordo, hace dos horas, tan cierto como
esequechemarín cubre su trinquete—dijo Zeli con una conmoción
profunda,mostrando por la ventana una embarcación que en efecto ejecutaba
estamaniobra.
Y Kernok dirigió una mirada a Melia, que bajaba, sonriendo, su lindacabeza, como
para confirmar la aserción de Zeli.
Entonces se pasó rápidamente la mano por la frente, y dijo:
—Sí, sí, está bien, desamarrad y hacedlo preparar todo, para aparejar;subo en
seguida. ¿La brisa no ha calmado?
—No, capitán; al contrario, es más fuerte aún.
—Ve y despacha.
El tono de Kernok ya no era duro e impetuoso, sino solamente brusco; demodo que
Zeli, viendo que la calma había sucedido a la agitación de sucapitán, no pudo por
menos que pronunciar un pero...
—¿Vas a comenzar con tus peros y tus síes? Ten cuidado... ¡o te arrojola bocina a la
cabeza!—exclamó Kernok con voz de trueno y avanzandohacia Zeli.
Este se esquivó prontamente, juzgando que su capitán no estaba aún enuna
situación de espíritu bastante apacible para soportar pacientementesus eternas
contradicciones.
—Cálmese, Kernok—dijo tímidamente Melia—. ¿Cómo se encuentra ustedahora?
—Muy bien, muy bien. Estas dos horas de sueño han bastado para calmarmey
desechar las ideas tontas que esa maldita bruja me había metido en lacabeza. Vamos,
vamos, la brisa fresquea y nos disponemos a salir.Porque, ¿qué hacemos aquí
mientras haya buques mercantes en la Mancha,galeones en el golfo de Gascuña y
ricos navíos portugueses en elestrecho de Gibraltar?
—¡Cómo! ¿Usted partirá hoy, un viernes?
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