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Plick y Plock

—¡Tú eres un niño, querido! si yo hubiera hundido a esos miserables y asu
embarcación, ¿quién lo hubiera sabido? Se les hubiera creído perdidosa consecuencia
del huracán, y mañana, otras dos escampavías se pondríanen mi persecución. Mañana,
Blasillo, ni un brick, ni una fragata, ni unnavío se atreverá a ello, tan grande ha sido el
terror que he sabidoinspirarles. Hubiera matado a doce cobardes; así paralizo el valor
dediez mil bravos, porque en tu dulce país se pelea valientemente contralos hombres,
pero aun se teme al diablo... Ya lo saben los frailes; asíellos se sirven de Dios como
yo de Satanás, Blasillo. Ves, otra comedia.
Blasillo no respondió nada, pero preguntó al gitano qué es lo quepensaba hacer.
—Palabra, hijo mío, no hay que pensar en el contrabando; no nos quedaya más que
un camino, y es el de ir a ofrecer nuestros servicios a losinsurrectos de la América del
Sur; pero antes de partir quiero ver a lamonja. El terror de tus compatriotas durará
mucho tiempo, Blasillo;además, nuestro retiro continúa siendo tan seguro y tan
secreto comoantes; hablemos, pues, Blasillo, del convento de Santa Magdalena.
—Hablemos, comandante.
Hablaron, y largamente.
En cuanto a Massareo y su tripulación, esperaron el día en la mismaposición, es
decir, con la nariz pegada al suelo, y únicamente cuando elsol estuvo bien alto se
atrevieron a levantar la cabeza; pero como nohabían maniobrado durante aquella
noche terrible, se encontraron varadossobre la costa de Conil, enfrente del faro de
señales.
Entonces aquellos desgraciados, pálidos y maltrechos, se miraron conespanto, y de
un brinco se plantaron en la playa, echando a correr contoda la velocidad de sus
piernas, como si el gitano les pisara lostalones.
Encontraron un asilo en Conil; allí contaron detalladamente el prodigio,y este
relato, ya desnaturalizado por ellos, tomó, al pasar por loslabios de los campesinos de
Conil y sus alrededores, un carácter tal,que ya no se trataba de una tartana, sino de un
inmenso navío, tripuladopor legiones de demonios que vomitaban llamas, con sus alas
de fuego, yllevando a la cabeza al gitano—o mejor dicho, al mismo Satanás, como
yase dijo juiciosamente en la barbería de Flores—, que se habíaprecipitado al fondo
del Océano, en el momento en que la tartana sehundía a los cañonazos del
guardacostas; en fin, una historia digna delRomancero, pero que, por absurda que
fuese, y según la predicción delgitano, tuvo durante largo tiempo a todo el litoral en
jaque y llevó asu límite máximo el terror que inspiraba el nombre del condenado.
XI
A M O R
 
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