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Plick y Plock

que hubo adoptado esta desgraciada idea, creyóciegamente todas las tonterías y todas
las mentiras que Santiago tuvo abien contarle.
—¿Y el gitano?—preguntó el capitán.
—El gitano, capitán, estaba probablemente disfrazado, pero yo estoyconvencido de
que ha muerto también. ¡Diablo de sangre, cómomancha!—dijo Santiago que quería
sin duda desviar la conversación de unasunto tan delicado, y se interrumpió para
limpiarse un ancho trazo desangre que surcaba su vestido, último vestigio de la agonía
del pobrecuadrúpedo.
—¿Está usted herido, valiente Santiago?—preguntó el capitán coninterés—. ¡A ver!
—No, no, por mi madre, no verá usted nada. Es una insignificancia, unatontería—
respondió Santiago con una indiferencia afectada,retrocediendo precipitadamente—;
pero lo que es importante, capitán, esechar a pique ese nido de demonios. Las
escotillas están cerradas, escuestión de unos cuantos cañonazos, y habremos purgado
la costa del másgrande bandido que jamás haya infestado la costa.
Massareo se moría de deseos de preguntar por qué no habían traídoprisioneros que
hubieran podido dar fe del feliz éxito de la expedición;pero comprendiendo que
tendría que encargarse él de esta segunda misión,y como ello no era muy de su gusto,
accedió a todo lo que quiso elvaliente y bienaventurado Santiago, y comenzó a
cañonear vigorosamentela pretendida tartana del gitano, que no podía resistir largo
tiempo unfuego tan nutrido.
IX
E L R E L A T O
No matarás.
Mand. de la ley de Dios.
Mientras que el bravo Massareo destruía una de las tartanas, la otrasalía del canal
de la Torre, y navegaba con habilidad a pesar de lasráfagas del levante, cuya violencia
disminuía, sin embargo,sensiblemente.
No había nada en el mundo más resplandeciente que la pequeña cámara deaquel
buque, en la cual dos invitados estaban comiendo. Un enorme globode cristal
pendiente del plafón, proyectaba una claridad viva y purasobre un rico tapiz turco, de
un azul brillante, en el que se veíanbordados hermosos pájaros rojos que desplegaban
sus alas doradas, ytenían entre sus patas de plata largas serpientes de escamas verdes
comoesmeraldas; un diván de raso obscuro, daba la vuelta a toda la pieza.
En el centro, y cerca del diván, se levantaba una mesa servida con gustoy riqueza
exquisitos; pero en lugar de ser sostenida sólo por las patas,cuatro ligeras cadenas la
 
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