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Pepita Jimenez

Hubo hojuelas, pestiños, gajorros, rosquillas, mostachones, bizcotelas ymucho vino para la
gente menuda. El señorío se regaló con almíbares,chocolate, miel de azahar y miel de prima, y
varios rosolis y mistelasaromáticas y refinadísimas.
D. Pedro estuvo hecho un cadete: bullicioso, bromista y galante. Parecíaque era falso lo que
declaraba en su carta al deán, del reúma y demásalifafes. Bailó el fandango con Pepita, con sus
más graciosas criadas ycon otras seis o siete mozuelas. A cada una, al volverla a su
asiento,cansada ya, le dio con efusión el correspondiente y prescrito abrazo, ya las menos serias,
algunos pellizcos, aunque esto no forma parte delceremonial. D. Pedro llevó su galantería hasta
el extremo de sacar abailar a doña Casilda, que no pudo negarse, y que, con sus diez arrobasde
humanidad y los calores de Julio, vertía un chorro de sudor por cadaporo. Por último, don Pedro
atracó de tal suerte a Currito, y le hizobrindar tantas veces por la felicidad de los nuevos esposos,
que elmulero Dientes tuvo que llevarle a su casa a dormir la mona, terciado enuna borrica como
un pellejo de vino.
El baile duró hasta las tres de la madrugada; pero los novios seeclipsaron discretamente antes
de las once y se fueron a casa de Pepita.D. Luis volvió a entrar con luz, con pompa y majestad, y
como dueñolegítimo y señor adorado, en aquella limpia alcoba, donde poco más de unmes antes
había entrado a oscuras, lleno de turbación y zozobra.
Aunque en el lugar es uso y costumbre, jamás interrumpida, dar unaterrible cencerrada a todo
viudo o viuda que contrae segundas nupcias,no dejándolos tranquilos con el resonar de los
cencerros en la primeranoche del consorcio, Pepita era tan simpática y don Pedro tan venerado
yD. Luis tan querido, que no hubo cencerros ni el menor conato de queresonasen aquella noche:
caso raro que se registra como tal en losanales del pueblo.
-III-
Epílogo. Cartas de mi hermano
La historia de Pepita y Luisito debiera terminar aquí. Este epílogo estáde sobra; pero el señor
deán le tenía en el legajo, y ya que no lepubliquemos por completo, publicaremos parte: daremos
una muestrasiquiera.
A nadie debe quedar la menor duda en que don Luis y Pepita, enlazadospor un amor
irresistible, casi de la misma edad, hermosa ella, élgallardo y agraciado, y discretos y llenos de
bondad los dos, vivieronlargos años, gozando de cuanta felicidad y paz caben en la tierra;
peroesto, que para la generalidad de las gentes es una consecuenciadialéctica bien deducida, se
convierte en certidumbre para quien lee elepílogo.
El epílogo, además, da algunas noticias sobre los personajes secundariosque en la narración
aparecen y cuyo destino puede acaso haber interesadoa los lectores.
 
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