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Pepita Jimenez

besarían, y me llamarían abuelito, y me darían palmaditasen la calva, que ya voy teniendo. ¿Qué
quieres? Cuando estaba yo en todomi vigor, no pensaba en las delicias domésticas; mas ahora,
que estoytan próximo a la vejez, si ya no estoy en ella, como no me he de hacercenobita, me
complazco en esperar que haré el papel de patriarca. Y noentiendas que voy a limitarme a
esperar que cuaje el naciente noviazgo,sino que he de trabajar para que cuaje. Siguiendo tu
comparación, puesque transformas a Pepita en crisol, y a Luis en metal, yo buscaré otengo
buscado ya un fuelle o soplete utilísimo, que contribuya a avivarel fuego para que el metal se
derrita pronto. Este soplete es Antoñona,nodriza de Pepita, muy lagarta, muy sigilosa y muy
afecta a su dueño.Antoñona se entiende ya conmigo, y por ella sé que Pepita está muerta
deamores. Hemos convenido en que yo siga haciendo la vista gorda y nodándome por entendido
de nada. El padre vicario, que es un alma de Dios,siempre en Babia, me sirve tanto o más que
Antoñona, sin advertirlo él:porque todo se le vuelve a hablar de Luis con Pepita, y de Pepita
conLuis; de suerte que este excelente señor, con medio siglo en cada pata,se ha convertido ¡oh
milagro del amor y de la inocencia! en palomitomensajero, con quien los dos amantes se envían
sus requiebros y finezas,ignorándolo también ambos. Tan poderosa combinación de medios
naturalesy artificiales debe dar un resultado infalible. Ya te le diré al darteparte de la boda, para
que vengas a hacerla, o envíes a los novios tubendición y un buen regalo».
Así acabó D. Pedro de leer su carta, y al volver a mirar a D. Luis, vioque D. Luis había estado
escuchando con los ojos llenos de lágrimas.
El padre y el hijo se dieron un abrazo muy apretado y muy prolongado.
Al mes justo de esta conversación y de esta lectura, se celebraron lasbodas de D. Luis de
Vargas y de Pepita Jiménez.
Temeroso el señor deán de que su hermano le embromase demasiado con queel misticismo de
Luisito había salido huero, y conociendo además que supapel iba a ser poco airoso en el lugar,
donde todos dirían que teníamala mano para sacar santos, dio por pretexto sus ocupaciones y no
quisovenir, aunque envió su bendición y unos magníficos zarcillos, comopresente para Pepita.
El padre vicario tuvo, pues, el gusto de casarla con D. Luis.
La novia, muy bien engalanada, pareció hermosísima a todos, y digna detrocarse por el cilicio
y las disciplinas.
Aquella noche dio D. Pedro un baile estupendo en el patio de su casa ysalones contiguos.
Criados y señores, hidalgos y jornaleros, las señorasy señoritas y las mozas del lugar, asistieron
y se mezclaron en él, comoen la soñada primera edad del mundo, que no sé por qué llaman de
oro.Cuatro diestros, o si no diestros, infatigables guitarristas, tocaron elfandango. Un gitano y
una gitana, famosos cantadores, entonaron lascoplas más amorosas y alusivas a las
circunstancias. Y el maestro deescuela leyó un epitalamio, en verso heroico.
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