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Guardéme bien de ponérselo en duda siquiera; me despedí de
él muyafable, y me dirigí a la casa del médico, que estaba a dos
pasos.
IX
Desde que le había conocido, poco más que de vista, en casa
de mi tío,sentía yo gran deseo de echar un párrafo a mi gusto
con el médico deTablanca; porque se me antojaba que en aquel
mozo había más «cantera» dela que se halla en el tipo usual y
corriente de los hombres de su edad ycircunstancias. Y resultó la
cantera a los primeros desbroces; a flor detierra, como quien
dice.
Como me había visto acercarme a su casa, salió a recibirme
hasta elportal con una ropilla casera, poco más que de verano, a
pesar de lafrescura invernal del ambiente que corría; pero con
buenos abrigos decarne blanca y rolliza que le asomaba en
ronchas por los puños recogidosde su camisa de dormir y por
encima del leve cuello de la americana.Condújome escalera
arriba por una de pocos tramos; después, por unpasadizo corto,
y, por último, me introdujo en una salita con solana ygabinete, la
cual, por los muebles y los libros que contenía, supusedesde
luego que le serviría de despacho. Sentámonos frente a frente
encómodos, aunque no ricos ni elegantes sillones, con una
mesita entre losdos, cargada de papelejos, una plegadera, cajas
de fósforos llenas ydesocupadas, cenicero con colillas, una
petaca de suela y una bolsaabierta de cirugía; y hubo
primeramente las vaguedades acostumbradas entoda visita;
después fumamos, sin dejar de hablar del tiempo, por
loinusitado de su relativa templanza, ni del juicio que iba
formando yo deaquella tierra, para mí desconocida hasta
 

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