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Peñas Arriba

orillas descubiertas de los precipicios, siendode advertir que allí
no hay camino chico ni grande que no sea un asomocontinuado,
y adquirí la soltura y la fortaleza de que mis piernascarecían al
principio para soportarme lo mismo en las cuestas arriba queen
las cuestas abajo; es decir, siempre que andaba, porque es la
puraverdad el dicho corriente en el lugar, de que en aquella
fragosa comarcano hay otra llanura que la sala de don Celso. No
subí a grandes alturas,porque no me tentaban mucho los
espectáculos de esa casta, ni tampocohicieron mis rudos guías
grandes esfuerzos para animarme a vencer lasinclinaciones de
mi complexión relativamente perezosa; pero no dejé poreso de
satisfacer mi escasa curiosidad en la contemplación
dehermosísimos panoramas. Por último, conocí también los
principalespuertos de invierno y de verano, a los cuales envían
sus ganados losvalles circunvecinos, y admiré la lozanía de
aquellas brañas («majadas»)de apretada y fina yerba, verdaderas
calvas en medio de grandes ytupidos bosques de poderosa
vegetación. Cada una de estas calvas tiene,en los puertos de
verano, una choza, y en los otros un «invernal»: lachoza para
albergue de las personas que pastorean el ganado, y elinvernal,
edificio amplio y sólido, de cal y canto, para establo y pajarde
una buena cabaña de reses. Por lo común, cada invernal
corresponde alos ganados de ocho o diez condueños de las
«hazas» o partes de la brañacontigua. Algunos de esos
invernales estaban ya ocupados. De noche comeel ganado
prendido en la pesebrera, de la «ceba» del pajar, segada enlas
hazas en agosto; de día pasta al aire libre, mientras el tiempo
loconsiente, al cuidado de sus dueños, que después de dejarlo
recogido alanochecer, bajan a dormir al pueblo; al revés que en
verano, durante elcual duermen amontonados en la choza,
quedando la cabaña «acurriada», esdecir, reunida en la majada
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