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Peñas Arriba

casarse: hasta lacara parecía diferente, sobre todo cuando
hablaba con su mujer lo pocoque hablaba; miraba bajo y mal, y
parecía que le estorbaba hasta susombra. Al mes de esto, como
no sabía trabajar la tierra ni manejar elganado, y de aquellas
riquezas que tenía «por su casa», según dijo desoltero, no se
veía un maravedí para levantar las cargas de su nuevoestado,
cogió lo que le quedaba de su tenducho y se fue a correr feriasy
mercados con ello. Volvió a los dos meses, muerto de hambre,
malencarado y peor vestido. Hízose temible para su mujer, a
quien golpeabacon el más leve pretexto, y sospechoso a todo el
vecindario, que noestaba hecho a ver en aquel honrado suelo
holgazanes y renegados desemejante catadura.
A los diez meses de casados, tuvo Facia una niña; y sin llegar
acumplirse el año, su marido, que había desaparecido del pueblo
unasemana antes, volvió a casa de noche, roto y desgreñado; dio
dosbofetones a su mujer porque le preguntó cariñosamente
cómo le había ido,por dónde había andado y a qué venía; y
mientras la amenazaba conabrirla en canal si contaba a nadie
que no le había visto el pelo desdela semana anterior, hizo
apresuradamente un lío con las baratijas que lequedaban en casa
y con otras, al parecer, semejantes que fue sacando delos anchos
bolsillos de su ropa, y sin despedirse de Facia desaparecióde la
casa y del pueblo, perdiéndose en la oscuridad de los
montes...hasta hoy.
A los dos días de esto, llegó al pueblo una pareja de la guardia
civil yuna requisitoria del juez del partido preguntando por él.
Se trataba delrobo de una iglesia y de unas puñaladas al pobre
sacristán que intentóimpedirle... Dos pájaros de la cuadrilla
habían caído ya en el garlito,y se buscaba al tercero, al capitán
de ella, al famoso baratijero casadoen Tablanca... y en otras tres
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