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Peñas Arriba

comía becerros crudos y troncos de abedul y peñascos de granito
conbardales, mientras iban comiéndome a mí, fibra a fibra y
muy poco apoco, el Tedio y la Melancolía, un matrimonio de lo
más horrible, quevivía en el fondo de un abismo sin salida por
ninguna parte.
Quizás por haber sido éste mi último sueño de la noche, fue
tan tristemi despertar por la mañana. ¡Porque fue triste de veras!
Pero me habíadormido con la curiosidad recelosa de conocer de
vista la tierra en quevoluntariamente acababa de sepultarme; y
sintiendo revivir de golpeaquel vehemente deseo al ver un poco
de luz que se filtraba por losresquicios de las puertas, levantéme
de prisa, lavéme tiritando de frío,envolvíme en el abrigo más
espeso de los varios que tenía a mi alcance,y me asomé al
mismo balcón a que me había asomado por la noche.
Ya no llovía; pero estaba el mezquino retal de cielo que se
veía desdeallí levantando mucho la cabeza, cargado de
nubarrones que pasaban atodo correr por encima del peñón
frontero y desaparecían sobre el tejadode la casa. Entre nube y
nube y cuando se rompía algún empalme de los dela apretada
reata, asomaba un jironcito azul, salpicado de
veladurasanacaradas; algo como esperanza de un poco de sol
para más tarde, si porventura regían en aquella salvaje comarca
las mismas leyesmeteorológicas que en el mundo que yo
conocía.
Dejando este punto en duda, descendí con la mirada y la
atención a loque más me interesaba por el momento: lo que
podía verse de la tierra entodas direcciones desde mi
observatorio de piedra mohosa con barandillade hierro oxidado.
¡Bien poco era ello, Dios de misericordia!
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