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Peñas Arriba

tío probaba detodo sin gustarle nada, y yo satisfice mi
necesidad, más que apetito, dedoce horas, casi tanto con la vista
de tan copiosos alimentos, como conlas parvidades que de ellos
tomé... ¡Pero don Pedro Nolasco!... No teníacalo ni medida su
estómago de buitre; devoraba hasta con los ojos; ymucho de lo
que no le cabía en la boca mientras funcionaba su
gaznate,corríale en regatos por el exterior hasta sumirse bajo la
sobarba entrecuero y camisa, o mezclarse gota a gota con la
mugre del chaleco.
Se habló poco en la mesa, y de esto poco la mayor parte fue de
mi tíopara decir injurias al glotón, que no le contestaba, ni creo
que le oía,y para ponderarme su asombro por lo melindroso que
le parecí en elcomedor, y muy especialmente por el «plan» de
cena mía, para enadelante, que le tracé. No podía comprender el
buen señor que un mozo demis años y con mi salud, no comiera
cuanto se le pusiera delante acualquier hora del día o de la
noche. «Abundante y sustancioso» era ladivisa del bien comer
entre los hombres rumbosos del pelaje de mi tío.
Andando en esto y «regoldando» ya el gigante por no tener su
estómagocosa de más jugo en que entretenerse, oyóse una
campanada de reló hacialo más obscuro y remoto de la estancia.
—¡Las diez y media!—dijo mi tío revolviéndose en el
banco—. Me pareceque ya es hora de que te dejemos en paz. El
viaje te habrá molido bienlos huesos, y tendrás ganas de
tumbarlos en la cama. Por lo demás, no tecreas: entre el
laberinto del ganado abajo, y la tertulia de arribadespués de
rezar el Rosario, rara es la noche en que nos acostamos
mástemprano... Ya verás, ya verás, ¡pispajo! cómo sabemos
vivir aquí,aunque montunos y pobres, a uso de pudientes de
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