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Peñas Arriba

muros paralelosy compactos de las casas enfiladas, en la piedra
y en el hierro de lasjaulas del vecindario, avezada como tenía la
vista a las curvasondulantes y graciosas de la Naturaleza, al
ordenado desorden de susobras colosales y a la sobriedad jugosa
y dulce de sus tonos severos.Echaban de menos mis pulmones el
aire rico y puro de la montaña, cuandose henchían del espeso y
mal oliente de los grandes centros recreativosatestados de luces
y de gentes; y andaba con la cabeza muy alta aun porlos sitios
más espaciosos, por la costumbre de buscar la luz por encimade
los montes; antojábanseme las calles hormigueros y no viendo
en ellasmás que las obras y los fines de la ambición humana,
cuando elevaba mivista más allá de los aleros que asombraban la
rendija de la calle, nodescubría siempre la imagen de Dios, o la
veía menos grande que la queme reflejaban forzosamente los
gigantescos picachos de Tablanca encuanto clavaba mis ojos en
ellos. Yo hubiera querido en tales casos unacomponenda entre
los dos extremos, algo por el estilo de lo que sentíaGedeón
cuando se lamentaba de que no estuvieran las ciudades
construidasen el campo; pero no siendo posible la realización de
mis deseos, no muyapremiantes, me habría acomodado tan
guapamente a estas y aquellasrelativas contrariedades, entre las
cuales había nacido y vivido y hastaengordado, sin la menor
sospecha de que pudiera haber cosa mejordispuesta y ordenada
para el regalo y bienestar de una persona de buengusto, en parte
alguna del mundo conocido.
Lo de las muchedumbres, que comenzó por desagradarme un
poco, ya llegó aser harina de otro costal. No hay como las
picaduras del amor propio olas insinuaciones del egoísmo para
sacar de su paso a los hombres másparsimoniosos. Cada vez que
salía de casa o asistía a un espectáculo,siempre, en fin, que me
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