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Peñas Arriba

obra,como por exhibirle pruebas irrecusables de mis intenciones
de volverpronto. Y quizá pensara bien. Llegó el Cura en esto,
dile cuenta de lotratado, y le gustó mucho lo de mejorar la casa;
pero no tanto lo de miviaje a Madrid... «Ahora, si convenía para
bien de todos, como yo leaseguraba, fuera eyu por el amor de
Dios.»
¿Y Lituca? ¿Qué diría de mi marcha cuando tuviera noticia de
ella? Y aldársela yo y al despedirme, ¿dejaría las cosas como
estaban? ¿Levantaríaun poquito más la punta del velo, o no la
levantaría? Pensé mucho sobreéstas, al parecer, pequeñeces, que
eran, sin embargo, piezas muyconsiderables del cimiento en que
se apoyaba la armazón de mishipótesis; y al fin tuve que
resolverme por la afirmativa, aunque en sugrado mínimo,
cuando vi los esfuerzos que costó a la pobre disimular amedias
el deplorable efecto que le causó la noticia. Pero así y todo,
oquizás por lo mismo, en aquella visita no se rió una sola vez
con lasveras de antes; ya al despedirme yo «hasta la vuelta» con
un apretón demanos muy elocuente, tuvo que darme con los ojos
acobardados larespuesta que le faltó en sus palabras descosidas.
En cambio, Mari Pepa,a quien me costó mucho trabajo
convencer de que mi marcha no era «la delhumo», como ella la
había calificado de pronto, habló y jaraneó y sedespidió por
todos los de su casa, incluso el octogenario, que no habíadicho
diez palabras, y ésas monosílabas y como otros tantos
estampidos.Los tres bajaron conmigo hasta la corralada, desde
cuya puerta les di elúltimo adiós, con los ojos y el pensamiento
fijos en Lituca, cuyaexpresión de pena bien sentida le agradecí
en el alma.
Dos días después me despedía en Reinosa del Cura y de
Neluco que mehabían acompañado hasta allí, y de Chisco que
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