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Peñas Arriba

vivía el ingeniero ese delchirlo, en su pueblo de usted: los vimos
juntos Neluco y yo al pasar porél, yendo a Provedaño. Según
noticias de buen origen, esperaban entoncesde un día a otro al
hermano que faltaba de aquel mi pariente (que, porlo visto, llegó
a tiempo) para dar el último golpe en la explotación dela mina
de oro puro que había descubierto el lince de las
barbassilvestres. En buena justicia, tenían los tres más que
merecido el palo,en el que hubieran muerto a no morir de ese
otro modo. Conque ya veusted si tengo hasta motivo, por lo que
a mis parientes toca, paraalegrarme de que hayan acabado así,
como cualquier hombre de bien.
Declaró el preopinante que era la pura verdad todo cuanto yo
habíadicho; añadió en respuesta a una pregunta que alguien le
hizo, que elhombre del chirlo en la cara había vivido en el lugar
con el nombre,indudablemente supuesto, de Pedro González que
constaba en su cédulapersonal, y que con ése se le había
registrado, ya muerto, en el librocorrespondiente; alegréme yo
de ello, y de seguro se alegraría Facia,que lo oía, mucho más... y
se acabó aquella conversación sin meternos enotra nueva,
porque se había acabado también la comida, apremiaba eltiempo
y tenían mucho que andar los comensales forasteros para volver
asus hogares los unos, y los otros para terminar su jornada.
Porqueresultó que don Recaredo aprovechaba la ida a Tablanca
para despachar unnegocio, pendiente de ese paso año y medio
hacía, en un pueblecillo delNansa, aguas abajo, y el insigne
campurriano tenía también susquehaceres de urgencia en la
capital, por lo que se le llevaron consigodon Román y su yerno.
Desapareció sin saber cómo don Lope; fuéronse,mientras seguía
comiendo todo cuanto le ponían delante el juez
municipalsusodicho, los dos desiguales de Caórnica y los cinco
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