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Peñas Arriba

la jornada y los rigores de la intemperie; mi caída sobreun pecho
y entre unos brazos envueltos en tosco ropaje que olía a humode
cocina, y la sensación de unas manazas que me golpeaban
cariñosamentelas costillas, al mismo tiempo que los brazos me
oprimían contra elpecho; mi nombre repetido muchas veces,
junto a una de mis orejas, poruna boca desportillada; mi entrada
después, y casi a remolque, en unestragal o vestíbulo muy
obscuro; mi subida por una escalera algoesponjosa de peldaños
y trémula de zancas; mi ingreso, al remate deella, en otro
abismo tenebroso; mi tránsito por él llevado de la mano,como
un ciego, por una persona que no cesaba de decirme, entre
jadeosdel resuello y fuertes amagos de tos, cosas que creería
agradables ydesde luego le saldrían del corazón, advirtiéndome
de paso hacia dóndehabía de dirigir los míos, o dónde convenía
levantar un pie o pisar condeterminadas precauciones, sin dejar
por ello de pedir a gritos y coninterjecciones de lo más crudo,
una luz que jamás aparecía, porque, comosupe después, toda la
servidumbre andaba en el soportal bregando con losequipajes y
las cabalgaduras; de pronto un poco de claridad por laderecha, y
la entrada en otro páramo de fondos negrísimos con una
lumbreen uno de sus testeros; después, el acomodarme, a
instancias muyrepetidas de mi conductor, en el mejor asiento de
los que habíaalrededor de la lumbre; y el ponerse él, pujando y
tosiendo, a amontonarlos tizones esparcidos, y a recebarlos con
dos grandes, resecas ycopudas matas de escajo.
A esto se reducen todos los recuerdos que conservo de mi
llegada al«solar de mis mayores». La noción exacta de cuanto
me rodeaba allí enaquellos momentos, y aun la de mí propio, no
la adquirí hasta que alcalor de la fogata descomunal que resultó
del hábil manipuleo de mi tío,se desentumecieron mis ateridos
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