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Peñas Arriba

cara como una amapola con la reprimenda,aunque lanzada en
son de chanza.
Si por olvidar entendía Lituca dejar de sentir hondamente,
entendía muybien, porque el corazón humano, tierra miserable
al fin, necesita delconcurso de los sentidos para conservar el
calor de los afectos que leaniman, y aun así se apaga la hoguera
con el tiempo; pero si por olvidarentendía borrar de la memoria,
se equivocaba grandemente en aquel caso.Era muy considerable
el vacío que dejaba mi tío Celso en la casona deTablanca para
no ser notado a cada instante, por mucho que fuera eltiempo que
pasara. Por de pronto, allí no se hablaba de otra cosa, y
muyprincipalmente de noche en las tertulias de la cocina, que se
colmaba degente a pesar del frío y de la nevasca. Se le traía a
cuento a cadainstante, y nadie, incluso el gigantón de la
Castañalera, tocaba susillón, que les parecía sagrado ya. Sólo yo
podía sentarme en él sinprofanarle, y sólo yo me sentaba,
ejercitando en ello un derecho a lavez que cumplía con un deber,
en opinión de aquellos rústicos que mehabían jurado, en el
fondo de sus corazones, obediencia y lealtad,cuando mi tío, ya
moribundo, «me alzó sobre el pavés» al borde de sulecho y
delante de la Hostia consagrada. «El rey ha muerto. ¡Viva
elrey!» Si es lícito usar ejemplos insignificantes en asuntos de
granmonta, como alguien dijo en latín, no dejó de haber algo de
ello en loque me había pasado entonces a mí, y aún me estaba
pasando en los díassubsiguientes. Y no lo digo tanto por el
respeto y la adhesión que memostraban los honrados
tablanqueses desde la muerte de mi tío, como porlo que yo
sentía ahondar y extenderse y engrosar en mi
concienciaescrupulosa las raíces de mi compromiso renovado y
consagrado de aquelmodo tan solemne.
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