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Peñas Arriba

volver a su casa en unos cuantos días, por no estarel tiempo para
ello, y, sobre todo, por necesitarlas en la mía yo parauna gran
obra de caridad, y se resignaran las dos a acomodarse en
migabinete, ya estrenado por Lituca. Yo dormiría en la alcoba
del salóncontiguo, que tenía su correspondiente cama; con ella y
cuatrocachivaches que se le agregaran de mi cuarto, estaría
como unpríncipe... ¡Válgame Dios los reparos y los miramientos
y los asombroscon que se negaron de pronto a complacerme! no
en lo de quedarse en lacasa algunos días, sino en lo de ocupar el
gabinete que les ofrecíayo... Hasta que al fin cedió Mari Pepa,
resignóse Lita, y aplaudió elgigante el acuerdo con una «¡esa es
la derecha!» que retumbó en mediacasa. Y esto y los quehaceres
que consigo trajo para ser puesto enejecución antes con antes,
fueron los esparcimientos únicos para mí entodo aquel triste día.
Llegó la tarde, fría, brumosa y tétrica; subió el vecindario en
masa,pedregal arriba, detrás del Cura con ornamentos negros,
precedido delestandarte de las «Ánimas» y de un crucifijo
grande; resonaron en elestragal, entonadas por voces bien
avenidas con la sonora de don Sabas,lamentaciones terribles del
santo Job, el mayor poeta fúnebre de que haynoticia en la tierra;
bajóse el féretro entre nuevos llantos y gemidos;y andando,
andando con él hacia el pueblo la luctuosa procesión elcamino
que había andado poco antes hacia arriba, llegamos al campo
santodespués de una detención breve a la puerta de la iglesia,
para que elhijo fiel y sumiso recibiera de su Madre cariñosa la
bendición dedespedida.
Y allí, entre los mustios llorones, en un mísera fosa recién
abierta enel suelo, desapareció del mundo para siempre, bajo
una capa de tierraque pronto volvería a cubrir la nieve, un
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