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Peñas Arriba

mandato, y empezaron las dos mujeres a saquear
alacenas,armarios y cajones. Facia guiaba, y yo seguía como un
autómata a lastres.
Mientras desvalijaban el último cajón de la cómoda de mi
cuarto, seabrió la puerta de mi tío, y apareció don Sabas en el
hueco. Noté quesalía lloriqueando, y corrí hacia él temiendo que
ya hubiera concluidotodo allí; pero desde medio camino oí toser
al enfermo, y esto metranquilizó. Salióme al encuentro el Cura,
y me dijo, mientras se secabalos ojos con un pañuelo de yerbas:
—No se puede remediar, ¡qué jinojo!... por más avezado que
uno esté acontemplar miserias y acabaciones humanas... Porque
hay casos y casos,señor don Marcelo, y éste es uno de los más
duros de pelar para el pobreCura. Sesenta años de vivir, más que
como amigos, como hermanos, y cadacual en su ministerio... ¡y
cuidado si ha sido de altura el suyo!...algo rejunde en la
entraña... me parece a mí... De pronto diz el otro aluno de ellos:
«vaya, pues yo me marcho... y para no volver: conqueajústame
tú estas cuentas que tengo que dar a Dios, por tu
mediaciónmesma de lo mucho que le debo y de lo poco y mal
que le he pagado... yahí te quedas, viejo y solo, hasta que te
llegue la tuya, que no puedetardar porque de viejo nadie pasa; y
ya verás lo que es jallarte un díay otro sin el amigo de siempre,
que parecía ya carne de tus carnes yllenaba todo el lugar, aunque
en él no se le viera...» Y vaya usté, porotra parte, a saber si al
llegar la de uno, le cogerá así o le cogeráasao, porque la carne es
flaca y Satanás no duerme, y si, por tomas opor dacas, tampoco
volvemos a encontrarnos en el otro mundo. Porque élva bien de
equipajes... ¡eso sí, jinojo! y derecha como un juso ha desubir la
su alma. En lo humano no puede presumirse otra cosa, con
lapreparación que él ha hecho, después de una vida de caridad,
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