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Peñas Arriba

Todo eso lo decía ya, y casi lo gritaba, el bueno del Cura a la
puertadel dormitorio de su amigo, donde le interrumpió el
descosidorazonamiento otra llamada como la de antes.
—¡Sabas! ¡Sabas!
—¡Aquí estoy, hombre!—respondió el Cura—. ¡Cuidado que
es tema!...Pues mira, con esas prisas en mejor salú, no las
tuvieras ahora...
—¡Eso es!—refunfuñó mi tío—. Para consuelo de mis ajogos,
tíñeme yvociférame, ¡pispajo!
—¡Qué te he de reñir, hombre, qué te he de reñir!—díjole
entonces donSabas, que enfrente de aquellas ruinas miserables
del amigo y camaradade toda su vida, no acertaba a contener los
lagrimones que le brotabanen los ojos—, ¡ni cómo te he de
vociferar!... ¡Pues bueno estaría ello,jinojo!... sino que, como he
venido, pude no venir, por causa de fuerzamayor. ¡Y figúrate tú
entonces! ¡figúratelo, Celso!... Vaya—añadióinterrumpiendo de
pronto su discurso y pasando la mirada por el cuarto
yacentuándola con un movimiento de sus brazos, muy
significativo—: aquísobran todos menos el enfermo y yo;
porque lo que va a pasar entrenosotros, no admite más testigo
que uno, que es el Señor y juez de vidasy almas.
Salimos los que sobrábamos y cerró don Sabas la puerta por
dentro. Yo nosé lo que pasó por mí entonces; pero declaro que
me sentí muy conmovidoy que hasta lloré, disimulándolo
mucho, como si fuera una debilidadindigna de los hombres
fuertes.
¿Procedían aquellas lágrimas vergonzantes del contagio de
otras másfrancas? ¿Eran arrancadas de mi corazón por la pena
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