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Peñas Arriba

que ella lo notara; que encanecieran sus cabellos fuera desazón y
que no hallara, para reponer las fuerzas gastadas en lostrabajos y
cavilaciones del día, el descanso de la noche, latranquilidad del
sueño que no le falta al pordiosero que mata el hambrellamando
de puerta en puerta y errando de monte en monte, con un
zurróna la espalda y un paluco en la mano, ¿qué importaba?
Desconociéralo suhija, tuviérase por huérfana de un padre
honrado, y esto solo la dabagran consuelo y las fuerzas
necesarias para llevar su cruz como unacarga redentora de sus
delitos, imperdonables en la otra vida sin unadura penitencia en
ésta. Cuando, con las miras puestas en estos fines,vacilaba un
poco, porque, al cabo, era tierra frágil y miserable, ydesconfiaba
de sus bríos y se vela a punto de tropezar y de caer, acudíaal
amparo de don Sabas; y allá, a la reja del confesonario, en
losprofundos de la iglesia, al romper los primeros albores del
día, ella,después de besar el polvo de los suelos y de regarle con
sus lágrimas,declarando sus pesadumbres y flaquezas, y él
reprendiéndola yexhortándola con la sabiduría y la dulzura de
un padre cariñoso a unhijo muy desdichado, hallaba siempre los
perdidos alientos paracontinuar la subida de su Calvario con la
carga de su cruz... Asíestaban las cosas cuando yo había llegado
a Tablanca.
Preguntéla por qué en la gran cuita que de tal modo la
atribulabaentonces no había buscado, como otras veces, los
consejos y la ayuda dedon Sabas. Respondióme que eran casos
muy diferentes unos y otros; queno dependía de su resignación
ni de sus ánimos el que en tales congojasla ponía, y que yo era
el único ser viviente de los de ella conocidos,llamado a entender
en él antes que nadie. Asombréme, lloró desconsolada,golpeóse
la cabeza con las manos, se mordió los puños
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