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Peñas Arriba

como alelada, y a ratos sesentía acometida de una inquietud que
no la dejaba parar en ningunaparte. La vi, sin que ella lo notara,
más de dos veces, en la penumbradel carrejo, llevarse con
desesperación ambas manos a la cabeza, y la oíinvocar al mismo
tiempo, en voz enronquecida y mal dominada, al «devinoDios
de las misericordias grandes» y a «la Virgen Santísima de
lasNieves, la su madre clemente y amorosa». Deseaba morir de
pronta muerte,si en el deseo no pecaba, antes de ser testigo «de
eyu» y manchar lavista de los sus ojos en una vergüenza tal.
Temí por su razón; y movidode un sentimiento de lástima, me
hice el encontradizo con ella. No sesobrecogió al verme, como
solía en tales casos; al contrario: parecíacalmarse un poco y
reanimarse con mi presencia, y hasta noté en ellacomo deseos de
decirme algo. Tomándolo por motivo, la hablé, primeropara
tranquilizarla, después para indagar, para descubrir la
castasiquiera de aquellos misterios que en trance tan angustioso
la ponían.
—¡Ahora no! ¡ahora no!—me dijo después de vacilar un
poco—; cuando nopueda más... cuando la carga me rinda de too,
¡estonces! ¡estonces!... ya usté solo... Y, por caridá de Dios, don
Marcelo: que, hoy por hoy, nosepa ná de estos espantos que me
acaban, el señor su tío... ¡ni naide,si ser pudiera!...
Apartóse de mí con esto y huyó a encerrarse en su cuarto,
mientrasvolvía yo al de mi tío seriamente preocupado y sin
saber qué pensar deaquellas cosas tan raras.
Nada ocurrió, por fortuna, que hiciera necesaria la presencia
de lainfeliz mujer en ninguna parte de la casa aquella noche. La
cual debióser bien terrible para ella; porque apenas me hube
levantado yo de lacama al día siguiente, y eso que madrugué
tanto como el sol, apareciócomo un fantasma en mi cuarto,
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