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Peñas Arriba

media tarde. Arreció mucho el frío y comenzaron a pasar
pordelante de los cristalejos de mi gabinete unos copitos blancos
quedanzaban en el aire, como si se resistieran a mancharse con
lasinmundicias de la tierra. Por si me quedaba alguna duda sobre
lanaturaleza de aquellos síntomas que me supieron a rejalgar
entró Faciamuy diligente y hasta risueña, con la disculpa de
llevarse mi brasero,que ya estaría muriéndose, para
«rescoldarle» un poco, y me dijo,mientras se acurrucaba para
cogerle por las dos asas:
—Está nevandu, y va a haber temporal de eyu.
—Y usted—la respondí con ganas de meterle la cabeza en el
rescoldo—,tan alegre como unas pascuas por eso mismo. Pero
¿qué casta de criaturaes usted?
—¡Señor—replicó ahogándose de repente con un sollozo—, lo
único quesé es que soy una mujer muy desdichá!
Salió llorando, y yo me quedé con remordimientos de haber
despertado enella aquel dolor con la sequedad de mi pregunta.
Después acabé deamurriarme, viendo desde un cuarterón de la
solana cómo iban espesandolos copos y desapareciendo todos
los montes entre las espesas veladurasque bajaban del cielo.
¡Otro temporal en perspectiva y otra encerronacomo la pasada!
Cuando volvió Facia con el brasero chisporroteando, entró mi
tío detrásde ella. Iba a hablar conmigo de la nevada que estaba
encima. Leapenaba, primeramente, por mí, que volvería a hallar
eternas las horas,Dios sabía por cuánto tiempo, entre los
paredones de la casa; porque lasnevadas que venían de repente
como aquélla, y a traición, lo mismopodían ser pasajeras que
durables; y en segundo lugar, ¿para qué habíade ocultármelo? el
mucho frío le calaba más «jondo» de lo que él pensabacon los
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