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Peñas Arriba

matojo de la sierra; y, sin movernosde allí, apuramos más de la
mitad del contenido de mi frasquete. Despuésse sacaron algunas
provisiones de boca que llevaba Chisco por encargomío en un
morral; dimos a Canelo una buena parte de ellas, y el restonos le
fuimos comiendo, andando a buen andar, a fin de llegar a
Tablancaal mediodía, conforme se lo tenía yo ofrecido a mi tío
Celso.
Y llegamos, antes aún de lo esperado; y todas las gentes que
nosencontraban al acercamos al pueblo, presumían, por el aire
quellevábamos, que habíamos hecho alguna muy gorda; pero
cuando lescontábamos la verdad, no la creían. ¡Tan bestialmente
gorda laconsideraban, con muchísima razón!
Se la referí a mi tío, aunque ocultándole detalles que
pudieranimpresionarle demasiado; pero como al fin era montuno
el buen señor,perdonóme la temeridad por lo grande del suceso,
y tuve al último quecontársela con todos sus pormenores. Se
entusiasmó de verdad. Puestas yalas cosas tan arriba, invité, con
su permiso, a Pito Salces a quecomiera aquel día con su
camarada. Vio el mozón, como yo lo esperaba, elcielo abierto,
porque comer con Chisco era comer con Tona. ¡Puches,
quédoble panzada se dio! Yo, que asistí al final de la comida,
añadí congustosa aquiescencia de mi tío, al surplús con que ya
se habíaobsequiado a los comensales, en honor del nuevo, una
botella del másrancio «tostadillo» lebaniego que se guardaba en
la bodega de la casona.Brindé con los dos mozones, y canté
alabanzas hiperbólicas a la bravurade Pito, para que Tona las
oyera bien; con lo cual y el tostadillo, sepuso el alabado que
ardía; y allí mismo pidió por mujer a la hija deFacia, que no
hacía más que llorar; así fue que Tona, colorada como
unpimiento por lo uno y angustiada por lo otro, llamó a Pito
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