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Peñas Arriba

del llavero, y separé yo alfin, a sus instancias, por no tener él
fuerzas ni paciencia parahacerlo.
Enseguida me entregó las dos llaves, sin consentirme la menor
palabra encontra de su decisión irrevocable.
—Pero, alma de Dios—me dijo por último razonamiento—,
¿no te hasenterado de que son inútiles ya en mi llavero? ¿No has
visto que ni paramover las tablucas desclavadas de la alacena
me quedan fuerzas ya?¿Cómo, sin dar cuarto al pregonero, he de
componerme para llegar con lasmanos a lo que hay dentro de la
caja? ¿No lo consideras? Pues si (lo queno es de esperar)
necesitara yo algo de ello en lo que me queda de vida,por no
alcanzar lo corriente que anda más a la mano en los cajones
deesa cómoda, con pedírtelo a ti estaba el punto resuelto.
Conque basta deesta conversación, y a otra cosa... Quiero
también que te lleves a tucuarto estos papeles que estaba yo
hojeando cuando entrastes aquí, paraque te vayas enterando de
ellos si no tienes cosa más divertida en quéentretenerte.
Hizo apresurada y torpemente con todos los que estaban
desparramadossobre la cómoda, un revoltijo lastimoso, y me los
entregó así. Mientrasyo los plegaba y ordenaba un poco mejor,
le exponía excusas y reparosque resultaban inútiles: no quería
oírme. Cuando acabé mi fácil y brevetarea, me dijo:
—Ahora vuélvete, hijo mío, a tus quehaceres y a orear un poco
la cabezapor la casa; y vete en la confianza de que si con lo
tratado aquí entrelos dos no me has quitado la enfermedad de
encima, me has dado fuerzas yánimo que ya no tenía para
llevarla sin pena ni miedo hasta la mismasepultura; y esto, en mi
modo de ver, vale más que una buena salud.
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