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Peñas Arriba

fue mezclándose con la primera,tiznándola de su color y
haciéndola más húmeda y pegajosa; llegó tambiénun ruido sordo
y continuo, como lejano cañoneo, que a mí me parecía dela mar
batiendo furibunda hacia el Norte los peñascos de la costa;
perosegún dictamen de la gente de mi casa, era el «rebombe»
del «pozón dePeña Sagra», un lago o pozo muy grande, que se
da por existente, aunqueno sé de nadie que le haya visto, en las
entrañas de aquel coloso de lacordillera; y sin cesar este ruido
bronco, dejáronse oír en el espacio ysobre el valle unos como
quejidos siniestros y antipáticos, que eran,según informes de
Chisco, el graznar de los «butres» (buitres) y lasgrullas, que
pasaban «cararriba»; señal ésta, como la del «rebombar»
delpozo y la de las nieblas bajas con el «gallego» detrás, de que
se nosechaba encima una invernada de las gordas.
Y se cumplieron las profecías: las nieblas se convirtieron en
negrasnubes henchidas de aguaceros, que el viento,
embravecido poco a poco,estrellaba, con mugidos tremebundos,
contra casas, ribazos y bardales,cerrándose boquetes y
horizontes por donde quiera que se miraba;sintieron los más
ardientes de sangre los primeros estremecimientos defrío, y nos
declaramos todos en la casona seria y formalmente
bloqueadospor el invierno.
Las primeras consecuencias de este bloqueo fueron en ella,
como erafácil de presumirse, la reducción de la tertulia a media
docena escasade valientes, entre ellos Pito Salces, a quien no
atajaban en losimpulsos de la querencia que le atraía, ni los más
fieros vendavales, y(lo que fue para mí harto más desagradable
y no esperado tan pronto) unacrisis de mal género en el estado
de mi tío. Como por encargo del médicose le vedaba hasta el
asomar las narices al cuarterón abierto de unaventana, se
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