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Peñas Arriba

solamente, cuya salud les interesaba mucho;además de que,
como no podía salir de casa, iban a hacerle un rato decompañía,
como siempre que lo permitían el tiempo y sus
ocupaciones.Todo esto me lo afirmaba Lituca descubriendo las
esmaltadas filas de susblanquísimos dientes, en su lenguaje
vehemente, retozón y admirativo, ala puerta del estragal y
mientras sacaba sus pies, calzados con menudaszapatillas de
abrigo sobre medias de color, de un par de almadreñas
queparecían dos cáscaras de nuez. En aquella visita, lo mismo
que en laanterior, yo, terco y emperrado en mi tema, le eché
cincuenta veces alcampo de la conversación disfrazado de mil
modos, con el piadoso fin deobservar qué cara le ponía Lita... y
nada: ni un gesto, ni un puntoarrebolado en las mejillas, ni la
más insignificante señal en la nietade don Pedro Nolasco de que
había oído su corazón las llamadas que yo lehacía con el nombre
de Neluco y los elogios de sus méritos: hablaba deél con el
descuido y la serenidad con que podía hablar de su madre o desu
abuelo. Lo cual me impacientaba a mí, como si fuera asunto de
mipropia pertenencia, y en más de una ocasión me acometieron
seriastentaciones de preguntarla derechamente y sin ambages ni
rodeos: «¿sequieren o no se quieren ustedes? ¿Ama usted o no
ama a Neluco?». Peroseñor, ¿por qué tenía yo tanto empeño en
que se amaran? O mejor dicho,¿por qué le tenía tan grande en
que quedara enseguida aquel punto bienesclarecido y
deslindado?
Después, mi tío Celso, el alma y el centro de todo cuanto le
rodeaba,con su energía indomable, sus cuchufletas
singularísimas, su atenciónsiempre fija en el modo de hacerme,
ya que no divertida, llevadera lavida en su casa, y los cuidados a
que me obligaban el parentesco y lagratitud para velar por él con
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