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Peñas Arriba

pero quiero, sin dejar por eso de ser hombredel día, antes al
contrario, por lo mismo que lo soy, que esasmodificaciones de
las costumbres y de las leyes se deriven por su propiopeso,
digámoslo así, de la naturaleza de las cosas mismas; que las
leyesse acomoden al modo de ser de los pueblos, no los pueblos
a las leyes deotra parte porque en ella den buenos frutos. No
todos los terrenos soniguales para recibir una buena semilla,
como ya decíamos antescircunscribiéndonos a la pequeñez de
estas comarcas agrestes; quiero, enfin, que lo que se ha
promulgado por bueno y en la aplicación haresultado malo, se
modifique siquiera, para evitar nuevos desastres. Ycon esta
salvedad, continúo diciendo que en la imposibilidad de
quemales de tan hondas raíces se extirpen con el trabajo aislado
de loshombres de buena voluntad, yo le diría al Estado desde
aquí: «Tómate, enel concepto que más te plazca, lo que en
buena y estricta justicia tedebemos de nuestra pobreza para
levantar las cargas comunes de lapatria; pero déjanos lo demás
para hacer de ello lo que mejor nosparezca; déjanos nuestros
bienes comunales, nuestras sabias ordenanzas,nuestros
tradicionales y libres concejos; en fin (y diciéndolo a la modadel
día), nuestra autonomía municipal, y Cristo con todos.» Si de
estamanera no se logra el fin que yo busco y ha logrado don
Celso en suvalle, le andaríamos muy cerca. Pero ¿cómo ha de
dársenos eso si ha devivir el desastrado sistema que nos rige y
del cual reniegan ya sus másfervorosos admiradores? O mejor
dicho, ¿cómo han de vivir sin el amparode él, tal como está, los
hombres que hoy se usan y nos gobiernan? ¿Cómohan de ser
amos y señores de vidas y caudales si no tienen en sus
manostodos los hilos por los cuales se conduce hasta los más
escondidosrincones de la nación la voluntad, la amenaza y el
zarpazo de laverdadera tiranía, mil veces peor que la muerte?...
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