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Peñas Arriba

asombraba a todas; y asísucesivamente, hasta perderse las
últimas desvanecidas en un ambientebrumoso y tétrico que no
me dejaba percibir con claridad los dospeldaños de aquella
escalera disforme, entre los cuales se escondía lasepultura en
que, por un mal entendido sentimiento filantrópico,
habíaresuelto yo enterrarme vivo.
Sentí de pronto alzarse dentro de mí una protesta de mi
libérrimoalbedrío, y con ella la nostalgia de la ciudad; pero con
una fuerza tannueva y tan irresistible, que, sin saber, cómo, me
vi encarado otra vezal camino real y poseído de un
vehementísimo deseo, de la tentaciónpueril y desatentada... de
«escaparme por allí».
Pasó todo esto, como vértigo que era de mi exaltada
imaginación, enpocos momentos; pero no sin dejarme huellas
mortificantes en elespíritu.
Al otro lado del puente había unas casas de muy alegre
aspecto:parecióme de parador el de una de ellas, y allá me fui.
Parador era, enefecto, y taberna bastante bien surtida. Mandé dar
un pienso a micabalgadura y pedí unas frioleras para mí, más
que por satisfacer unanecesidad que no sentía, por comprar el
derecho de descansar un poco ala sombra y en un banco, bajo
techado, ya que no era posible hacerlo alaire libre recreando los
ojos en la contemplación del mar, que con estartan cerca de allí,
no se veía más que por el negro boquerón de la ría.
Era ya bien corrida la una de la tarde cuando volví a cabalgar.
Repaséel puente, y sin dirigir la vista al camino real que dejaba
a miizquierda, comencé a desandar aguas arriba lo que había
andado por lamañana aguas abajo. Al llegar a Robacío, vi que
me esperaba en labrañuca contigua a la portalada de marras,
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