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Peñas Arriba

Cuando menos lo esperaba, me dijo el Cura al despedirse de
mí en elestragal de la casona, cerca ya de la hora de comer:
—Mañana, si Dios quiere, y a caballo los dos. Yo iría mejor a
pie, comosuelo, y como irá Chisco para acompañarnos y cuidar
de las bestias enocasiones que se presentarán; pero usted es
madera de otro robledal másflojo, y hay que tenerlo todo
presente. Antes de romper el día, porsupuesto.
Entendíle y respondí, haciendo de tripas corazón:
—A caballo, y antes de romper el día.
—Pues que se entere Chisco de ello, y suficit.
Con esto y una risotada se apartó de mí, y echó cambera abajo
en demandade su puchera.
Con los sueños que yo cogía tras de las fatigas que me daba
por losmontes del contorno, le costó a Chisco Dios y ayuda
despertarme aldía... ¡qué digo día! a lo más espeso y tenebroso
de la noche siguiente.Tona, después de vestirme yo tiritando de
frío y sin conciencia cabal delo que hacía, me sirvió un canjilón
de café que acabó de espabilarme; ycuando bajé al portal,
vislumbré, a la opaca luz de un farol que teníaChisco en la
mano, la negra silueta de don Sabas, a caballo en sujaquita rucia,
que no me era desconocida, así como el espelurciadojamelgo
que casi me metió el espolique entre las piernas para
abreviarmela operación de montar en él.
Rompimos los tres la marcha por el mismo camino que había
traído yo lanoche de mi llegada a Tablanca, tan a oscuras como
entonces, aunquemejor acompañado y menos dolorido de
riñones. Por respeto a mí, pues amis dos acompañantes igual les
daba el día que las tinieblas paracaminar a pie seguro por
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