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Peñas Arriba

volvióse a ella más que de paso, a los dos años no cumplidosde
haberla dejado por tentaciones del enemigo malo. Hallóse en
Tablancacomo rey en sus palacios, y se había guardado muy
bien, desde entonceshasta la fecha, «de sacar una pata» medio
jeme fuera de su términomunicipal... Ochenta y cuatro años
contaba a la sazón, sin saber lo queera un mal dolor de tripas.
Había tenido dos mujeres, diez hijos yveintidós nietos. Una gran
parte de ellos andaba años hacía por el otromundo; rodaba por
éste, y no muy lejos, la mayor de los vivos, y a lavista tenía yo
lo único que le quedaba en Tablanca: poco, pero bueno,eso sí,
para recreo de su vejez. Había qué comer en su casa, y salud
ybuen apetito para comerlo. En recta justicia, ¿qué más había de
pedirlea Dios, si no era la merced de una buena muerte?
Con esto y poco más se acabó la visita, durante la cual no
desplegó loslabios Neluco, ni miró a Lita con la intención que
yo esperaba, ni Litale miró a él más que cuando le dirigía la
palabra con una llaneza quetenía más de fraternal que de otra
cosa. Recomendáronme mucho los tresde casa que no me
olvidara del camino de ella, y hasta me convidaron acomer, «un
día de mi agrado», juntamente con Neluco, para que no
pesarasobre mí solo «la penitencia».
Todo esto me pareció bien y muy en su lugar; pero ¿por qué
una aldeanucacomo la nieta del Marmitón tenía aquellos aires y
aquellas travesuras deseñorita de ciudad? ¿Por qué se tuteaba
con Neluco y había entre los dosuna intimidad tan sospechosa?
Me atreví a hablar de ambos particulares al mediquillo apenas
salimosdel caserón de don Pedro Nolasco. Por cierto que
hubiera jurado yo queen el apretón de manos y en la mirada con
que despidió Lita a Neluco enla penumbra del pasadizo, en el
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