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Peñas Arriba

entonces; luego tocamos elpunto de las condiciones higiénicas
del valle; y por este resquiciosalió a relucir la quebrantada salud
de mi tío Celso, sobre la cualtenía yo muchos deseos de hablar
con el mediquillo aquél.
Es más difícil de lo que parece mostrar ingenio, discreción,
tino y,sobre todo, arte en las trivialidades y pequeñeces que son
el temaobligado a los comienzos de esas visitas «de cumplido»
que todoshacemos, que hace todo el mundo. Es más fácil ganar
una batalla campalque entrar a tiempo y bien entonado en esas
insustanciales sinfonías dela comedia que va a representarse
después. Yo tengo el valor dedeclarar, por lo que a mí
concierne, que casi siempre que me veo en esostrances, entro a
destiempo y desafinado, y que cuanto más me empeño
enenmendar las pifias, peor lo pongo. Pero válgame el consuelo
de quellevo vistas mayores torpezas que las mías y hasta
enormesinconveniencias y sandeces donde menos eran de
esperarse por la calidadrefinada de los actores. Pues bien:
precisamente en ese mismo peligrosotrance fue donde empecé
yo a vislumbrar la «cantera» de aquel mozo,despechugado y casi
en ropas menores, mediquillo simple de una aldehuelasepultada
entre montes, en presencia de un elegante de Madrid, harto
decorrer el mundo de los ricos desocupados; y no seguramente
por lo que medijo ni por lo que hizo, sino por todo lo contrario:
por lo que se callóy por lo que no quiso hacer, o mejor todavía,
por lo bien que supocallarse y estarse quieto, y escoger lo que
me dijo y el modo dedecirlo. Todo el mundo tiene afán de ser un
poco agudo, un poco graciosoy hasta un poco travieso delante
de las gentes, y de ahí las necedades ylas inconveniencias; y casi
a nadie se le ocurre ser sincero, con locual, buena educación y
una pizca de sentido común, hay la garantía deno «quedar mal»
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