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Peñas Arriba

y la del médico, frente porfrente, y echó a andar a mi lado.
Pasamos una calleja con muchosbardales, y al desembocar en
una plazoleta de suelo verde y contorneadaen su mayor parte de
morios con yedras y saúcos, dijo mi acompañante,apuntando
hacia la izquierda y al fondo de un saco que se formaba allípor
dos cercados, uno de «busquizal» (zarzal espeso) y otro de
paredmedio derruida entre malezas:
—Esta es la mi casa.
Y volviéndose al lado opuesto, añadió, mientras apuntaba
hacia otra quecerraba la plazoleta por allí:
—Y ésta es la del méicu.
La casa del Tarumbo arrimaba por un costado al muro ruinoso,
y allá seandaba con él en achaques y quebrantos y con los
atalajes de su dueño.Con estos pensamientos en la cabeza, miré
al Tarumbo sin decirle nada;pero debió de leérmelos él en la
cara que le puse, porque me dijoenseguida:
—No se espanti de eyu, porque es de nesecidá. Quedamos yo
y la mujer,que no sal ya de la cama; los hijus, entre casaus y
ausentis, lo mesmuque si no los tuviera; y a mí no me alcanza el
tiempu pa ná con elquehacer que me dan los cuidaos ajenus...
Porque, créame usté, señor donMarcelu, lo que pasó con el
moriu que me ha vistu usté levantar, pasaaquí con las mil y
quinientas a ca hora del día y de la nochi; y si nojuera por el
Tarumbu, créame usté don Marcelu, créame usté y no lo tomia
emponderancia: si no juera por el Tarumbu, la metá del
vecindariu deTablanca andaría por estus callejonis devorá por la
jambre y en cuerusvivus.
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