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Paternidad

alegremente, mientras iba saboreando con fruiciónlos
recuerdos de su anterior visita.
¡Oh, esas campanas de los pueblos, modestas como los
viejos campanariosque las sustentan, de sonido ligero y
límpido como la atmósfera de losbosques en que vibra,
cristalino y cantante como los riachuelos encimade los
cuales se para un momento, inmenso es el encanto que
desparramanpor los solitarios campos... meciendo con
pacíficos ensueños el espíritude quienes lo escuchan!... Sea
joven o viejo, esté triste o alegre,aquel hasta cuyos oídos
llega el dulcísimo son se siente conmovido en lomás hondo
y le parece elevarse por encima de las miserias
terrenales...Despiertan en el corazón no se sabe qué de un
gran frescor matinal ycándido: es el acompañamiento
amistoso de nuestros ensueños, de nuestrosdeseos, de
nuestras añoranzas... intensificándolas todavía. El
encantode su música despierta en nosotros, con sus colores
de alba purísima,los más caros recuerdos de nuestra
juventud...
Regocijado interiormente por el clarísimo son de las
campanas, Franciscose representaba con mayor fuerza en
su imaginación a la señora Liénardsentada bajo el
emparrado, con su vivacidad de gestos y su prestancia,con
su amable sonrisa, con sus relucientes y oscuros ojos y con
sugracia un poco silvestre. Recordaba sus menores palabras
y se lasrepetía complacientemente, como nos gusta oler de
vez en cuando la rosaque hemos arrancado al paso.
Cuando le vio aparecer en el encuadramiento de las
cortinas del salón,Camila Liénard dejó precipitadamente el
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