Not a member?     Existing members login below:

Paternidad

Simón inclinó la cabeza, se mordió los labios y frunció
duramente lascejas. Miguelina comprendió que comenzaba
a dudar y adivinó al mismotiempo, por la contracción
dolorosa de su rostro, que sufría el muchachocruelmente.
Entonces le atrajo hacia sí, le tomó la cabeza entre
lasmanos y le besó con profunda ternura en la frente...
—¡Pobre hijo mío!—agregó.—Duéleme el mal que te
hago, pero yo noquiero que se burle nadie de ti...
Reflexiona sobre todo esto y, créeme,no te dejes engañar ni
por las coqueterías de la señora Liénard, ni porlos halagos
del señor Delaberge...
Simón se desprendió de los brazos de su madre y se alejó
rápidamente.Tenía necesidad de encontrarse a solas y de
pensar mucho en las celosasaprensiones que las palabras de
su madre habían despertado en suespíritu.
Al salir de su casa dirigióse hacia los bosques de
Carboneras:Ciertamente, con su intuición femenina,
Miguelina Princetot habíaadivinado lo que pasaba en el
corazón de su hijo; pero le atribuía almismo tiempo miras
ambiciosas que él no había tenido jamás. Amaba,
enrealidad, a la señora Liénard, pero la amaba con amor
cándido yapasionado, aunque nunca se había hecho la
ilusión de que su ternura sepudiese ver correspondida. No
ignoraba que una barrera casiinfranqueable le separaba de
la viuda. Y aunque amaba sin esperanza ysin la ilusión de
verse a su vez amado, no por eso había de ser
menosaccesible a los celos. Recordaba la impresión de
hondo disgusto quehabía dejado en su alma la primera
visita que hizo Delaberge aRosalinda... Por encima de los
árboles del bosque, distinguía entonceslas puntiagudas
Remove