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Paternidad

querido convencer de que sentía hacia Camila unade esas
tardías pasiones que atormentan a veces con tan dura
crueldad alos hombres que han doblado el cabo de la
cincuentena. No, no era eso;pero, cuando volvía a sus
pensamientos matrimoniales, cuando se forjabaen su
imaginación una vida nueva en que había de verse
convertido enpadre de familia, veía siempre el franco y
amable rostro de la señoraLiénard asomarse en alguna de
las ventanas de sus castillos en el aire.Mientras caminaba
hacia Rosalinda, se entretuvo en edificar una vez másese
quimérico refugio en que soñaba abrigar su edad madura.
«Seguramente—pensaba,—enamorarse a mi edad se
presta un poco alridículo, pero no hay duda que la señora
Liénard realizaríacumplidamente mis ideales. Con su
gracia, con su naturalencantadoramente expansivo,
alegraría los años que me falta vivir; notiene ni la
frivolidad, ni la empalagosa coquetería de las señoras
quetrato en París; sería una mujer de su casa, activa y
alegre, una esposaque me haría honor y que, no habiendo
tenido antes hijos, amaría a losque pudiesen nacer de
nuestro matrimonio... Sí, pero, suponiendo queaceptase
unir su existencia a la mía, ¿no sería demasiado joven para
miscincuenta años?...»
Ocupado el pensamiento en tales cavilaciones, un
poquitín egoístas,atravesó Delaberge la avenida de los
fresnos y llegó a la misma terraza,donde encontró a la
señora Liénard formando un magnífico ramo con lasflores
de su jardín.
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