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Paternidad

desfiladero le parecía al inspector general que, como
unnuevo Edipo, caminaba fatalmente hacia alguna esfinge,
llenos los labiosde amenazadores enigmas...
SEGUNDA PARTE
I
Al poner Francisco Delaberge la palabra «urgente» en su
informe dirigidoa la Administración esperaba recibir una
pronta respuesta. Los días quese pasaron aguardando la
decisión ministerial pareciéronle tanto máslargos por
cuanto vivía muy solitario en la hospedería del Sol de
Oro.La señora Miguelina se había hecho invisible de nuevo
y parecía ponercada vez más empeño en esconderse. El
mismo Simón Princetot, hacia elcual sentíase atraído y con
quien le hubiera gustado conversar, nomanifestaba grandes
deseos de continuar las relaciones empezadas enRosalinda.
También se escondía. El inspector general no quería
acusarlea él de reserva tan extremada; sospechaba más bien
que la señoraPrincetot había procurado alejar de él a su hijo
y quitarle así todopretexto de nuevas entrevistas. Estas
ofensivas y misteriosasprecauciones mantenían en el
espíritu de Delaberge la enervanteinquietud que tanto le
hacía sufrir desde su conversación con Miguelina.
Para distraerse de tan hondas preocupaciones y quizás
también con laesperanza de encontrar a Simón Princetot en
Rosalinda, resolvióFrancisco hacer una nueva visita a la
señora Liénard.
La perspectiva de pasar una hora o dos en compañía de la
encantadoraviuda le alegraba suavemente el corazón.
Cierto que se hubiera mentido así mismo si se hubiese
 
 
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