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Paternidad

alma y entreveía laposibilidad de ciertas hipótesis, a las
cuales nunca hasta entonceshabía concedido la menor
atención.
Había comenzado por parecerle inicuo que Simón
hubiese de sufrir lasconsecuencias de una falta cometida
por un extraño, de un pecado que nohabía dejado huella
ninguna; y ahora su conciencia, haciéndose mástimorata y
más escrupulosa, formulaba nuevas y cada vez más
turbadoraspreguntas:—¿Un extraño?... ¿Huella ninguna?...
¿Estaba bien seguro?...
Tembló de pies a cabeza y le faltó la respiración como si
hubieserecibido un golpe formidable. Después, sacudiendo
con fuerza la cabezapara arrojar la idea que acababa de
producirle tan violenta emoción,prosiguió, vacilante, su
marcha. «No, ello no era posible... Lo hubierasabido...
Miguelina, después de su separación, no le hubiera
dejadoignorar una cosa semejante...»
Por un momento, pareció que estas reflexiones le
tranquilizaban, pero enseguida volvió su corazón a latir con
fuerza y su mente atrabajar.—«¿Cómo explicar la extraña
actitud de la señora Princetot?...Sus frases llenas de
ambigüedad y sus terrores... ¿Por qué le habíaprohibido
que viese de nuevo a Simón? ¿Por qué había exclamado
con elespanto reflejado en sus ojos: ¡Ya es demasiado que
se encontraranayer!...»
A medida que avanzaba Delaberge en su camino, el
bosque hacíase másespeso, el barranco se estrechaba,
interceptaban cada vez más la sendatoda clase de plantas
trepadoras y tupidos herbajes... Y en la apagadaluz de ese
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