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Gatsby
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distrajeron su atención una serie de rumores y voces que
oyójunto a la misma entrada de la hospedería. Enfrente de
la casa piafaba ypateaba un caballo, mientras una voz
robusta de hombre intentaba calmarsus impaciencias con
interjecciones acariciadoras: «¡So... So...
Quieto,Brunete!...». Luego esta misma voz exclamaba:
«Vamos, papá, dateprisa, vamos a llegar tarde...»
Delaberge se asomó a la ventana y vio ante el portal una
charretteinglesa tirada por un pequeño caballo bayo, de
vivos movimientos, juntoal cual estaba el joven Simón. En
aquel momento salió de la casa elPríncipe, lenta y
majestuosamente, acompañado de la señora Miguelina.
El hospedero del Sol de Oro, recién afeitado, se había
puesto unaancha blusa encima del traje y cubría su cabeza
con un sombrero deanchas alas. Pesadamente subió en la
charrette se le reunió en seguidasu hijo Simón con las
riendas en la mano. Y entretanto que la señoraPrincetot les
hacía las más prolijas recomendaciones, sonreía elPríncipe,
guiñaba sus ojos llenos de malicia y con su gordinflona
manoacariciaba suavemente el hombro de Simón y le daba
cariñosos golpecitos,mientras le contemplaba lleno de una
profunda beatitud.
—Esté tranquila la madre, no le pasará nada a su
hijito...—decía elPríncipe a su mujer.—Y ya sabes, si no
volvemos hasta la noche, nopor eso te preocupes nada.
Al mismo tiempo el muchacho enviaba a la señora
Miguelina un tierno besoy le decía:
—Hasta la noche, mamá, yo te respondo de papá.

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