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Paternidad

Por la mañana, en la hora del desayuno pudo comprobar
que la señoraMiguelina procuraba prudentemente
substraerse a sus miradas cada vez queentraba en la cocina.
Esta reserva de su antigua amante, que alprincipio le
molestó, le parecía ya entonces el mejor modus vivendique
se pudiese desear. Esto dejaba más clara su situación y el
contentoexperimentado le disponía para mejor saborear las
alegrías de su regresoa los bosques. Sentía un placer casi
infantil, al reconocer los caminosque había recorrido en
otros tiempos. Dotado de una excelente memorialocal se
envanecía sorprendiendo al guarda, al indicarle por
adelantadola naturaleza del terreno y la dirección de las
capas terrosas. Y a cadamomento exclamaba con grandes
explosiones de alegría:
—¡Todo está igual!... Nada ha cambiado y, sin embargo,
hace yaveintiséis años.
A medida que iba penetrando en los bosques, parecíale
que cada uno delos pasos que daba le quitaba de encima un
año y que su juventudreverdecía lo mismo que el follaje de
las hayas. Desaparecía y no teníaningún valor todo aquel
largo intervalo de un cuarto de siglo. Muchomejor que otro
medio cualquiera, posee el bosque esta maravillosa
virtuddel rejuvenecimiento. Menos que en parte alguna se
marcan en él lasmetamorfosis que el paso del tiempo
produce. Vemos siempre en el bosquelos mismos árboles,
las mismas floraciones, los mismos cantos de lastiernas
avecillas y esto nos da la ilusión de un alto de ensueño, de
unasuspensión en el vuelo rápido de los días.
Durante su paseo al través de los bosques de Carboneras,
Delaberge pudofácilmente comprobar la exactitud de las
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