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Paternidad

criada, que encendió una bujíay le acompañó hasta su
habitación, dándole después las buenas noches. Alcerrar
Delaberge las ventanas del cuarto, pensó que Rosalinda
estabamuy cerca y que al día siguiente, si quería, podría
indemnizarse de sudesencanto de aquella tarde haciendo
una visita a la señora Liénard.Esta idea volvió la serenidad
a su espíritu. Se desnudó yfilosóficamente se metió en la
cama.
VII
Delaberge era la puntualidad misma. A la hora convenida
y en compañíadel guarda general y de otros funcionarios
subalternos, estaba yaexaminando los campos de
Carboneras que el inspector de Chaumontproponía afectar
al servicio de los usuarios de Val-Clavin.
A fines de mayo es cuando los bosques de las montañas
de Langres semuestran en toda su gloria y el tiempo
convida como nunca al paseo. Unsuave vientecillo había
secado los caminos; el cielo, de un azulpurísimo, sonreía,
por encima del renaciente follaje; bordaban todaclase de
flores las márgenes de los caminos y los pajarillos
cantabanpor doquier. Delaberge, cuyas funciones
sedentarias le habían recluidoen París tanto tiempo y que
no conocía ya más verdores que los de lascarpetas de la
oficina, gozaba de esta fiesta primaveral en pleno
bosquecomo se goza de un antiguo amigo otra vez hallado.
Respiraba converdadera delicia el penetrante perfume que
despedían los cerezos enflor y poco a poco su mal humor y
su melancolía de la noche antes sefueron disipando...
 
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