Not a member?     Existing members login below:

Paternidad

«—Como quiera ella—se dijo Delaberge—y aun tal vez
vale más que seaasí.»
No obstante, en su fuero interno, sentía Delaberge una
especie dedesencanto. Mientras a lo largo del camino se
hundía su imaginación enel recuerdo del pasado y revivía
los tiempos de Val-Clavin, no creía quese le hubiese tan
completamente olvidado, ni esperaba que se le tratasecomo
a un extraño... Esto le puso profundamente melancólico y
con gestodisplicente se sentó ante su mesa solitaria.
Cuando estaba ya en los postres le anunciaron al guarda
general: unmuchacho lleno de obsequiosidad y balbuciente,
que se confundía ensalutaciones y no osaba sentarse, tanto
le intimidaba la presencia delinspector general. Hizo
Delaberge inútiles esfuerzos para ponerle atono, acabando
por darle brevemente sus instrucciones e indicándole lahora
en que se encontrarían para ir juntos al monte; luego salió
con élde la hospedería y una vez solo se quedó paseando
unos momentos por lasriberas del Aube.
La noche era oscura, pero en el cielo relucían millares de
estrellas ycantaban los ruiseñores en las alamedas
próximas... Era la misma músicaque en otros tiempos
acompañó sus dúos de amor con la señora Miguelina.Sentía
surgir en su espíritu el sentimentalismo; pero, por
desdichasuya, al notar que le molestaba un poco la frescura
del río, comprendióque no vivía ya en aquella dichosa edad
en que se sueña con lasestrellas. Volvió sobre sus pasos y
deshizo el camino andado.
Al regresar a la hospedería habían ya desaparecido el
señor Princetot ysu esposa. En la cocina no había sino una
Remove