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Paternidad

dulcísimo,que corrigen por la expresión un poco dura y fría
de todo el rostro.
En la solapa de la negra americana se destaca con fuerza
una rosetaroja. Una gran distinción de maneras, junto con
sus actitudes reservadasy una bien estudiada gravedad
descubren a un personaje perteneciente almundo
administrativo, y, aunque el expediente que examina no
revelase suprofesión, adivinaríase en él a un funcionario
que ha escalado elevadospuestos y que está bien penetrado
de la importancia de su cargo.
En efecto, «Amado Francisco Delaberge, oficial de la
Legión de Honor»,como dice el anuario, es inspector
general de montes. Salido de laescuela de Nancy a los
veintidós años, ha ascendido rápida ymerecidamente. No
sólo posee vastísimos conocimientos en materia
deselvicultura, sino que se mostró siempre como un notable
administrador.Lleno de amor por el oficio y dotado de una
gran fuerza de trabajo,reúne al espíritu de organización la
habilidad práctica del hombre denegocios. Así, hablan de él
sus compañeros como de un futuro directorgeneral. La
única cosa de que se le podría acusar es de una
ciertafrialdad de alma—esa impasibilidad egoísta del
célibe, a quien la vidaha hecho sufrir poco y que no está
dispuesto a comprender lossufrimientos de los demás.—En
Delaberge, este defecto débese menos auna natural
sequedad de corazón que a las particulares condiciones
enque su infancia y su juventud se desenvolvieron.
Hijo de empleado, desde sus primeros años ha sido
víctima de esa vidanómada de pájaro silvestre, de esos
múltiples cambios de residencia quehacen pequeños sin
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