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Paternidad

tomó el rápido y descendió en Langres; allí buscó uncoche
de alquiler.
Hay, lo menos, seis leguas de Langres a ese puebluco
poco menos queescondido entre los bosques. Después de
haber rodado un buen trecho porla carretera de Dijón, el
carruaje tomó a la derecha y emprendió elcamino vecinal
que corre a través de una extensa llanura pedregosa, deuna
triste desnudez.
La luz de la tarde, velada por finísimas nubecillas,
suavizaba loscontornos de la llanura verdeante y de los
bosques que el lejanohorizonte pintaba de gris. El velado
azul del cielo y la difusa claridadque llenaba los espacios se
armonizaban muy bien con los flotantespensamientos de
Delaberge. Para decirlo, en verdad más eran
aquelloensueños que pensamientos. Fatigado por su trabajo
de la mañana, mecidopor el rodar del carruaje, se
abandonaba a una soñolienta contemplaciónen que las
imágenes percibidas despertaban en su espíritu
vagosrecuerdos. La silueta de los lejanos bosques, le hacía
pensar en elasunto de los deslindes y de pronto se decía, no
sin una secretasatisfacción, que entre los usuarios de Val-
Clavin estaba una ciertaviuda, de serenos y límpidos ojos,
de cabellos castaños que le caían engraciosos rizos sobre
las sienes, en compañía de la cual había pasadouna
agradabilísima velada.
De un campo de centeno levantóse en rápido vuelo una
alondra y se perdióen las nubes, mientras su alegre canto
recordaba a Francisco la voz depurísimo timbre de la
señora Liénard; entonces, en medio de su ensueño,la idea
de ver a la joven en Rosalinda, filtró dulcemente en su alma
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