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Paternidad

Olvidaba su acento provincial, su vestido tan mal hecho y
aun losrasgos irregulares de su fisonomía, pues poseía en
cambio la joven unacultura de espíritu, un juicio claro y
sereno y sobre todo una facultadde entusiasmo que no se
encuentra frecuentemente ni aun en París. Apropósito de
sus lecturas se expresaba con una independencia, un
sentidocrítico y una vivacidad que encantaban de veras a
ese parisiense,acostumbrado a las reticencias prudentes, a
las admiraciones convenidasy a las opiniones superficiales
del mundo oficinesco en que vivía.
Al cabo de una hora de conversación, estaba ya
encantado de la señoraLiénard y se felicitaba de tan
dichosa velada. Observó con placer quedurante su
entretenido y largo coloquio la propietaria de Rosalinda
nohabía hecho la menor alusión al asunto de los deslindes y
le agradeciótan delicada reserva. Sentíase secretamente
halagado de no deber sino así mismo la graciosa
predilección de la viuda; se acusaba de susinjustas
sospechas y, como para indemnizarla de ellas, esforzábase
enmostrarse a su vez expansivo, amable, casi galante.
De pronto e interrumpiéndose en medio de una animada
discusión, laseñora Liénard sacó del pecho un pequeño
reloj y consultándolo exclamó:
—¡Las once ya!... Habíame olvidado de que duermo hoy
en casa de unosamigos y que molesto a tan excelentes
personas obligándoles aaguardarme...
Se puso en pie y tendiendo su mano a Delaberge
continuó:
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