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Paternidad

sucasa, pero cuarentona más que insignificante, su amiga la
señoraLiénard, debía ser ya una mujer de edad madura y de
trato pocoagradable. Delaberge veíase ya discutiendo con
una pleiteante campesinay esta enfadosa perspectiva le
ponía de mal humor.
Cuando entró en el salón verde y oro, lleno de muebles y
adornado conchucherías de dudoso gusto, casi todos los
invitados habían llegado ya. yle fueron presentados
formando una sola fila. El presidente deltribunal, un
hombre pequeñito que habla con pretensión florida,
reciénafeitado y de piel sonrosada, con unos ojos brillantes
y siempreinquietos; el secretario general de la prefectura,
alto, de anchasespaldas, tieso siempre, como orgulloso de
los triunfos que le valía suvoz de barítono; el segundo
inspector, moreno, de grandes cejas, con losbigotes como
de cepillo, con los cabellos cortados según la
ordenanza,presentaba el tipo completo del forestal a la
manera antigua, feo comoun jabalí y rugoso como un roble.
Y mientras su esposa la inspectora, delgaducha y metida
en su vestidomarrón bordado de azabache, conversaba con
la señora de Voinchethablándole de lo difícil que es hoy
procurarse buenos criados, Delabergese llevaba al inspector
su amigo a un rincón de la sala preguntándolesobre todos
los detalles del asunto que allí le había traído. Elforestal,
envanecido de absorber por completo la atención de
susuperior, le iba dando toda clase de noticias técnicas. Y
hacía más deun cuarto de hora que hablaba, cuando
Delaberge, al través de lasprolijas frases de su subordinado,
oyó a la señora de Voinchet quedecía:
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