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Paternidad

—¡Vaya!...—murmuró la dama afectando tomarlo a
broma.—En ese caso,sería usted mucho más hábil que yo
misma... ¿Y qué es lo que ha leídousted en mi corazón?
—Probaré de explicárselo... Se ha encontrado usted con
alguien hacia elcual se siente secretamente atraída y al que
cree enteramente digno...Si no escuchase más que su
propio gusto, iría usted espontáneamentehacia él... Pero ese
joven... porque es joven—añadió con un poco detristeza,—
aunque es su igual por la inteligencia y por el corazón,
nopertenece a la misma clase social que usted, y se siente
detenida porescrúpulos convencionales; teme usted que sus
amigos, que las personasde su propia sociedad condenen la
elección y condenen el suyo como unmatrimonio
desigual...
IX
Mientras Delaberge hablaba, la señora Liénard había
vuelto un poco surostro y con una de sus lindas manos
hurgaba nerviosamente en las floresde un jarrón que tenía a
su alcance.
Arrancó por fin una ramilla de madreselva y la fue
desmenuzando poco apoco entre sus rosados dedos.
—Sea usted franca y dígame si he leído bien en su
corazón.
—Creo... que sí—murmuró la viuda sin mirarle.
—Y ahora, ¿desea usted que le diga el nombre de ese
joven?
 
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