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Paternidad

Hablaba con tono tan afectuoso, filial casi, que fue dando
a Franciscomayor aplomo para abordar la delicadísima
cuestión de que queríahablarle. Se sentó a su lado y le dijo
así, esforzándose por sonreír:
—Antes de separarnos, señora mía, sería bueno quizás
que reanudásemosnuestra conversación de ayer... Temo no
haber correspondido como debía ala confianza de que me
dio usted tan gran testimonio... Al ver mi prisapor
marcharme, seguramente me acusó usted de indiferencia.
No hay nadade eso. He pensado mucho, por el contrario, en
todo lo que usted me dijoy he tomado en ello un verdadero
interés.
—¿Será cierto?... Me alegro mucho, pues ya me sentía
avergonzada de nohaberle hablado sino de mí y casi me
arrepentía de haber estadocontándole tan minuciosamente
las quimeras que rebullen en mi locacabeza.
—¿Es que no son en realidad sino quimeras?
Camila Liénard se ruborizó y abrió inmensamente sus
hermosos ojos.Delaberge prosiguió:
—En ese retrato que hizo usted del marido soñado,
pienso que no esimaginario todo... Puede que haya en
alguna parte un ser real en quienusted pensase...
inconscientemente, cuando me iba enumerando
lascualidades de su ideal.
—No... no, yo se lo aseguro; yo no sé...
—Pues bien, esta última noche, he pensado tanto en todo
esto que heacabado por leer muy claramente en el fondo de
su corazón.
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