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Paternidad

anterior en Rosalinda: veía la puertecilla
abrirsebruscamente, aparecer en ella amable la hermosa
viuda y tender aDelaberge su mano en la que éste dejaba
galantemente un beso...
Mientras sentía irritarse más sus celos y sangraba
dolorosamente sucorazón a tan odioso recuerdo, oyó muy
cerca los precipitados pasos y lavoz de aquel mismo
hombre a quien de tal modo aborrecía.
-Señor—murmuró Delaberge,—tenga la bondad de
concederme un momento.
Volvióse Simón y una llamarada de odio brilló en sus
ojos; supo, sinembargo, contenerse. Silenciosamente, se
dirigió hacia una calletransversal mucho más solitaria.
—¿Qué me quiere usted?—preguntó cruzando los brazos.
—Me ha parecido que en la alcaldía se ha dejado usted
llevar deimpulsos apasionados más bien que prudentes...
Créame usted, espere aúndos días antes de tomar una
resolución extrema... No le hablo ahora comoadversario,
sino como amigo.
—Usted no es mi amigo—replicó con dureza el joven.
—Deseo serlo de todo corazón y me sorprende su
hostilidad. Sin embargo,no creo haberle dado motivo para
que me trate como enemigo, desde latarde en que juntos
volvimos de Rosalinda.
Esta alusión a Rosalinda, lejos de calmar al hijo de
Miguelina, parecióaumentar todavía su irritación.
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